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¡ Quiero ser "maestra" !

Todo sobre la labor docente (escrito por una maestra)

Viernes 4 de diciembre de 2009 por Teresa Ventura-Lucena García

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¡Quiero ser maestra!

Concebir el trabajo de un maestro o maestra atendiendo sólo a la denominada “docencia directa” es, desde mi punto de vista, tergiversar la realidad con una manipulación encubierta por parte de las personas que entienden del tema.

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Maestras

Ya es hora que la sociedad en general conozca el trabajo del maestro o maestra que día a día “le da clase” a su hijo o hija. Esto sólo es posible si desde los medios de comunicación y desde los mismos colectivos docentes implicados damos a conocer nuestro trabajo “real”. No. La labor del maestro no empieza cuando empieza la sirena y entran los niños en clase. Ni siquiera cuando entra al colegio y saluda a los compañeros en la sala de profesores durante unos minutos.

La labor del maestro comienza y no acaba (en este sentido los profesionales de la educación se parecen a la ama de casa), cuando se preocupan por pensar en “cómo conseguir que mis niños aprendan…” y leen, se informan, escriben, piensan… para descartar en múltiples ocasiones todo lo programado de forma conjunta con sus compañeros y compañeras. Y hay que improvisar porque de la detección de intereses que se realiza en la asamblea diaria surge un tema mucho mas vivo y ligado al interés del momento.

Verdaderamente, en ningún momento del día dejamos de ser maestros y maestras. Como no dejamos de ser padres o madres. Y reaccionamos con una flexibilidad asombrosa ligada a una reflexión profunda. Y, sin embargo, desde despachos fríos profesionalizados, se nos estudia, analiza… y se permiten estas concienzudas personas criticar nuestra labor y proponer soluciones milagrosas.

Siempre la escuela tiene que asumir, tiene que integrar, tiene que… todo debe partir y tener solución en la escuela. Lo dicen personas que “debieran saber del tema” y olvidan la lección tras la mesa de la administración.

Pero sigamos hablando de los maestros. Y, cuando desayunamos con compañeros o compañeras, seguimos hablando de educación y consultamos y ayudamos en las medidas de nuestras posibilidades echando mano de nuestra propia experiencia y autoformación.

Y aún nos queda tiempo para leer ¿De que? Por supuesto de educación. Y para hablar por teléfono e intercambiar experiencias de lo mismo. Y nuestra familia, si no se dedica ningún miembro a la docencia, nos miran como a bichos raros y nos dicen que si no estamos cansados de estar siempre igual. Que no somos capaces de desengancharnos. Que porqué seguimos trabajando en casa (recortando, haciendo plantillas, buscando en Internet –porque hay que saber informática para ser maestro o maestra- recursos para la unidad didáctica que estamos trabajando, poniendo faltas en el SÉNECA siempre tan inaccesible, consultando el síndrome de este alumno que puede tener alguna necesidad para reaccionar de forma eficaz…).

Después de treinta horas de docencia, continuamos con correcciones, evaluaciones constantes, medidas de apoyo, que muchas veces no tenemos ni fuera para redactar y ni apuntamos en papel porque la idea principal está bien interiorizada (no debiera decir esto, pues todo debe tener constancia documental). Y no olvidemos esos Claustros interminables, esas reuniones con padres, Consejos Escolares también sin horario preestablecido. Y sintiéndonos contentos porque no tenemos en la actualidad en la mayoría de los centros la jornada partida. Y sintiéndonos presionados por esta sociedad que critica “lo poco que trabajamos”. Y nosotros en nuestra soledad de nuestra clase seguimos amando nuestra profesión y sintiéndonos felices si conseguimos algún avance en los logros de ese niño o niña que no consigue los objetivos mínimos. Y le contamos a toda nuestra familia y a nuestros compañeros en ese momento puntual, en cuanto podemos, que “mi fulanito” ha conseguido aprender y hacer esto, que mira lo que ha dicho, que cómo ha mejorado… y sólo con este sobreesfuerzo salimos adelante en una escuela incluida en una sociedad cada vez más insolidaria, más violenta, más empresarial… y más insufrible. Pero, infatigables, como Quijotes que no quieren enterarse de la realidad, continuamos los idealistas maestros y olvidamos que es necesario conciliar nuestra propia vida familiar y laboral y cumplir un horario cerrado. Que hay que adoptar una aptitud mucho más profesional, más crítica, más funcionarial.

Pero es inútil. No sabemos. Nos gusta el trato con esos seres fantásticos y agotadores que son los niños. Y nos gusta ser idealistas y pensar que podemos cambiar la sociedad. Y bendita sea esa aptitud (la utopía nunca se consigue, pero hay que tenerla siempre presente). Si no existe no hay esperanza de mejora. Y si no mejoramos, el futuro del ser humano se está volviendo demasiado sombrío. Y quizá sólo se trata de cambiar los valores.

De que la ética del cuidado, del amor, del respeto… se convierta en el centro de nuestro mundo. Y que esto se llame ser profesional. Y que no nos obligue a convertirnos en burócratas sobrecargados de papeleo (en palabras del poeta “Que dolor de papeles que ha de barrer el viento/que tristeza de tinta que ha de borrar el agua”) que sigamos siendo maestros. Que no es poco. Lejos de las reivindicaciones pedagógicas de especialistas programadores impregnados de un psicologismo y una fundamentación científica incuestionable, reclamo mi condición de maestra. Y reclamo las horas que necesito para seguir siéndolo. Porque me gusta serlo. Y me descorazona este afán innovador que no tiene ideas claras y dispersa esfuerzos convirtiendo la educación en un camino que a modo de laberinto no lleva a ninguna parte. Me niego a convertir mi labor en un copia y pega de las editoriales. Quiero ser maestra y necesito que se conozca mi labor y que no me utilicen para acallar voces y desviar la atención. Porque tengo razón y lo sé. Y voy a perder ese sentimiento de culpa que me crea una sociedad injusta. Si algo he aprendido es a respetar la labor de los maestros y maestras y con ellos me respeto a mi misma. Y mejoro la calidad de la enseñanza.

¡Ah! Y sigo formándome acudiendo a estudiar psicopedagogía, idiomas en las Escuela Oficial, en academias, en el CEP… ¿Cuántas horas? ¿Cuánto me cuesta? ¿Sabe alguien que esta formación no me la paga nadie? ¿Que, sólo se me abona una parte de la matrícula si la solicito como Ayuda de Acción Social y si tengo suerte de que me la concedan? ¿Que, es agotador estudiar otra carrera durante tres años para que me concedan 1.5 puntos en el Concurso General de Traslados? ¿Que, es frustrante examinarte después de la presión del trabajo diario? ¿Que, para este sobreesfuerzo necesario en educación necesito tiempo? ¿Que, necesito formarme continuamente para intentar seguir siendo una maestra?¿Que, muchos compañeros y compañeras se desplazan durante horas haciendo kilómetros para acudir a recibir esas enseñanzas…?.

Si los centros necesitan convertirse en recursos sociales para conciliar la vida profesional y familiar, hágase. Dedíquense los recursos necesarios para ello. Pero no nos conviertan en el chivo expiatorio que se puede utilizar para culpabilizarnos de todos los problemas que tiene la sociedad. No podemos más. De verdad. Aquí comienza la calidad en educación.

Y cómo sé que todos los docentes estamos “cortados por la misma tijera” se nos denomine como se nos denomine, sabed que cuento con vosotros y vosotras en mi reivindicación, compañeros y compañeras de todo el colectivo docente.

Lo dicho: QUIERO SER SÓLO MAESTRA.

Teresa Ventura-Lucena García

Delegada FETE –UGT Córdoba


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